PREGÓN 2 -- Año 2006

Juan Andrés Galán (pregonero) junto al alcalde Alonso Calderón.
 

Sr. Alcalde, miembros de la Corporación Municipal, amigas y amigos, vecinas y vecinos de Guadramiro, muy buenas noches.  Quizás alguno de ustedes se esté preguntando qué razones hay para que alguien como yo haga el pregón con que se abren este año las fiestas de San Cristóbal. Yo mismo recibí, con no poca sorpresa, la invitación de vuestro Alcalde para asumir este papel. Sin embargo, os puedo decir que la invitación que más me llenó de orgullo y de ilusión, fue sencillamente, estar con vosotros, disfrutar de vuestra compañía y amable acogimiento.

Pocas  ocasiones hay tan propicias para conocer a las mujeres y a los hombres de una comunidad, para integrarse con ellos (aunque sea por unas horas) como las que deparan las fiestas, que vuelven con constancia anual.

En estas fiestas se mezclan la tradición, los acontecimientos que las originaron, con las circunstancias que las animan en el presente. La memoria de lo que fueron en el pasado, con el deseo de hoy, y en el futuro, continúen teniendo un sentido. Un sentido que, quizás, pueda resumirse diciendo que son la expresión de las ganas de vivir y de vivir juntos.

Gracias a las fiestas, los que aquí vivís y trabajáis todo el año, experimentáis que, por unos días, el pueblo se ilumina y, en cierto modo, se rehace. Y los que un día, mas o menos lejano, emigramos, podemos encontrar aquí nuestras raíces, caras amigas y los olores familiares, que en tantas ocasiones hemos echado de menos. La fiesta se convierte así en un espacio para el encuentro, para el rejuvenecimiento, para la nostalgia y, sobre todo, para las ilusiones que cada año se renuevan.

Animaros, que con la fiesta ha llegado el momento de la alegría. Saludaos unos a otros como si fuera la primera vez o como viejos amigos. Abrazaos, bailad, cantad, reíd. Dejaos llevar por la música, romper por unos días la monotonía del duro trabajo de todo el año, de forma que la explosión de vuestra alegría no tenga más límite que el del respeto a los demás. Un pueblo que sabe divertirse a fondo, en paz y armonía, es un pueblo culto y sabio. Yo os deseo que estas fiestas sean las mejores que haya disfrutado Guadramiro, que se graben en la memoria de todos para que su recuerdo alivie la añoranza de los que tendremos que irnos de nuevo y anime a los que se queden a seguir trabajando juntos, a aparcar las diferencias , para conseguir un lugar más habitable y feliz.

Mi infancia, hoy grato recuerdo, transcurre por todos y cada uno de los rincones de este pequeño pueblo. En la etapa infantil el juego constituye el centro de interés, y es el motor que intensifica todo nuestro proceso de desarrollo educativo y social. Por tanto, no es de extrañar , que dicha infancia, al igual que la de cualquier otro niño de mi época, estuvo vinculada al juego al aire libre que facilitaba cualquier tranquilo pueblo salmantino en la década de los sesenta, muy alejados por entonces de los entornos cerrados, no ya de las redes telemáticas, sino incluso de la propia TV.

Aprendí a querer a mi pueblo hace mucho tiempo, desde la nostalgia de la ausencia. Es cierto que la Patria se quiere más, cuando se está más lejos de ella. Sin embargo, mantengo vivas las ilusiones de mi adolescencia y juventud, sin olvidar nunca a mis amigos. Siempre hablo de mi pueblo a mi esposa, a mis hijos y a mis amigos donde quiera que me encuentre.

En mi infancia y adolescencia fui muy feliz, y los recuerdos hermosos que guardo de mi pueblo me han ayudado siempre a volver y a renovar mis querencias.

Quiero invitaros a todos a que disfrutéis de estas fiestas como sabéis hacerlo. Quiero también que los visitantes, sean nacidos aquí o no, se unan a las mismas y participen y disfruten con las fiestas de nuestro santo patrón. Cuando se me encargó la encomiable tarea de prologar, con mi pregón, las fiestas en honor a San Cristóbal, hurgué en el baúl de mis posibilidades literarias y no encontré ni la erudición requerida, ni el verbo literario suficiente para cumplir con tan alto honor conferido. Solo el entusiasmo, solo la ingenuidad de primerizo en estos proyectos, y sobre todo mi orgullo invencible, justifican mi atrevimiento y mi modesta participación.

Constituye para mi un inmenso honor estar aquí esta noche pregonando la fiesta de San Cristóbal. Y digo que es un honor, porque no tiene uno muchas ocasiones a lo largo de su vida, como yo en este momento, de proclamar a los cuatro vientos lo que uno siente por su pueblo. Decía alguien, que no recuerdo en este momento, “no hay tierra buena ni mala, no hay más tierra que la de uno”. La nuestra no es mejor ni peor que otras, pero si tiene algo que la hace inconfundiblemente autentica para nosotros, y es que, es la nuestra.

 

Vaya también por delante mi saludo afectuoso para todos aquellos que por avatares del destino no se encuentran durante estos días entre nosotros y, naturalmente, un saludo también entrañable para todos aquellos que no habiendo nacido en este pueblo se han incorporado de pleno derecho y ahora forman parte de la vida de Guadramiro.

La fiesta de San Cristóbal no solamente es una celebración religiosa rodeada de una inmensa devoción al santo, sino que también representa para nosotros el inicio de la vida veraniega, el fin del curso y el momento de relajarse y recuperar las fuerzas que se pierden sin remedio en el trajín de la vida diaria.

Pero los años no pasan en balde y uno se acostumbra a todo, hasta a la ausencia del hogar querido. No obstante, este alejamiento es más llevadero sabiendo que mi pueblo representa mi raíz, un lugar lleno de gente buena donde siempre quiero volver porque aquí están los que me quieren y a los que quiero, el sitio de donde soy natural y del cual me delata hasta mi forma de hablar cuando viajo por doquier mediante el acento y el empleo del léxico propio de aquí.

Quiero aprovechar la ocasión que se me brinda esta noche para rendir homenaje y tributo a los agricultores de Guadramiro, verdadero motor de la economía del pueblo. Su dedicación y esfuerzo ha conseguido superar las condiciones adversas de un terreno agreste y duro, y los imponderables de una naturaleza caprichosa y cambiante.

España está dejando de ser a pasos agigantados un país agrícola, no sé si por voluntad propia o por exigencias de la Unión Europea. El caso, es que esta situación de interinidad está provocando no poco desasosiego en el sector. Si a esto unimos la galopante sequía de los últimos años, la peor de todo el siglo, y el insuficiente valor de los frutos, dedicarse a la agricultura en los tiempos que corren es, más que un medio de supervivencia, un acto de heroísmo.

La llegada de la mecanización ha dejado los carros o los triíllos como objetos de museo, curiosidades de coleccionista, cuando no los ha condenado a su lisa y llana desaparición. El valor simbólico de esos útiles y aperos, sin embargo, pervivirá siempre aunque hayan desaparecido aquellos que los utilizaron, porque sobre ellos se asienta la memoria viva de todo un pueblo. De bien nacidos es ser agradecidos, y por eso en esta ocasión tampoco está de más que recordemos nuestro pasado, que es tanto como recordar cómo se ganaban la vida muchos de nuestros padres y abuelos.

Qué lejos quedan ya el tradicional arado de cama curva o castellano, el apero más emblemático y simbólico de la agricultura con el que se removía la tierra, se enterraba la simiente después de la siembra, se eliminaban los hierbajos e incluso sacaban frutos como los patatas.

Lejano en el tiempo y en la memoria queda también el trabajo de los segadores trabajando de sol a sol, en pleno verano y bajo un calor sofocante acompañados de tábanos durante el día y mosquitos por la noche. Apenas han transcurrido unas decenas de años y estamos hablando ya de un mundo en extinción. Una época bien distinta a esta y en la que la palabra de un hombre valía lo que hoy un documento firmado ante notario. No seria justo hablar aquí de agricultores y labradores y no referirse al importante papel jugado por las mujeres de Guadramiro, que no sólo ayudaban en algunas tareas concretas del campo, sino que no se asustaban a la hora de segar, arrancar, o trabajar en el campo, además de sus tareas habituales de la casa. Ahora que se habla tanto de igualdad de sexos, bueno está recordarlo. Todavía hoy puedo recordarlas caminando cargadas con los baldes llenos de ropa sucia a una hora que el sol aún seguía durmiendo para ir a lavar a las pilas.

Diciendo estas cosas, que a algunos le puedan sonar a extrañas, podremos comprender mejor que si el trabajo en general era duro antaño, el de nuestras madres y abuelas no lo era menos y por eso he considerado oportuno subrayarlo.

Si equivoco estos recuerdos es porque sé que  muchos de vosotros habéis tenido la misma experiencia. Sois el alma ausente, de corazón partido entre el prospero futuro que encontrasteis en otras tierras y las raíces que dejasteis en la vuestra, a veces dura, a veces inhóspita, pero no hay raíces con más vigor y profundidad que las que crecen entre los páramos de la mas fría soledad de la marcha y el entrañable recuerdo del calor de la chimenea de paja.

Aspiro únicamente a ceñir mi intervención a la exacta definición del papel que debe desempeñar un pregonero, deseando publicar y hacer notorio en voz alta cosas o noticias ignoradas a poco conocidas para que lleguen a conocimiento de todos. De esta forma cumplo también con otro significado que posee el verbo pregonar, aunque sea en un sentido figurado, la de alabar públicamente hechos, virtudes o cualidades.

Al inicio de de este pregón mostré mi agradecimiento a la Corporación Municipal por haberme brindado la oportunidad de ser el pregonero de este año. Quisiera igualmente, y con el permiso de Vds, dar las gracias a mis padres, principales responsables de que yo esté hoy aquí, agradecer a mi esposa e hijos su cariño y apoyo constante y, sobre todo, darle las gracias a todos ustedes, que sois el alma de este pueblo, el motor del presente y el proyecto de futuro, y que han tenido la inmensa generosidad de regalarme estos minutos de su paciente escucha.

Y ahora, como sé que les aguarda una espléndida merienda, y no queriendo yo que coman ustedes el jamón frío, dejaré las 100 páginas que tenía preparadas, para otra ocasión…

Vecinos y paisanos de Guadramiro, os deseo unas felices fiestas. Que San Cristóbal nos bendiga a todos.

Y ya solo resta decir, mejor dicho gritar con todos ustedes:

¡VIVA GUADRAMIRO!  ¡VIVA SAN CRISTOBAL!   ¡VIVA LA FIESTA!   ¡MUCHAS GRACIAS A TODOS!

 

 

J.A. GALÁN