Don Quijote en Guadramiro

 

 

QUIEN A MOLINOS VA… ENHARINADO SALE

Una historia de mi pueblo, que podría haber sido cierta,

si don Miguel de Cervantes hubiese querido

 

Francisco Vicente de la Cruz

 

Cuando aún faltaban como una hora para que el sol se ocultara, llegaron Don Quijote y Sancho Panza a las inmediaciones Guadramiro.

            A pocos pasos ya de la entrada a la villa, hay un altozano desde donde se divisa este salmantino pueblo, y en especial la esbelta torre de su iglesia.

            Hay en este lugar una explanada donde se alza una cruz de piedra, alta y airosa, que da nombre a este paraje.

            Llegados a este punto, Don Quijote dio un tirón de las riendas de Rocinante. Este, con más ganas de llegar al pesebre que de hacer una parada que pudiese retrasar aún más tan esperado momento, dio un respingo y paró en seco, obedeciendo las órdenes de su señor. El jumento que soportaba al bueno de Sancho, hizo lo mismo sin que éste tuviera que ordenárselo, tales eran las pocas ganas de seguir caminando que tenía.

 

            −Ante ti tienes, querido Sancho, la señal de la devoción y la religiosidad que profesan estas buenas gentes a los temas sagrados y piadosos: Es esta hermosa cruz de piedra, la primera que recibe a los que arriban a este devoto pueblo. —dijo don Quijote descubriéndose ante la cruz.

Sancho hizo lo mismo, se santiguó como pudo y se dispuso a escuchar a su señor.

Al fondo, a la derecha de la torre de la iglesia, verás ese palacio, al que llaman de Castellanos, en honor al señor que en el habita.

Un día te contaré con más pormenores su historia, pero básteme decirte por ahora, que en ese palacio, encantado en otro tiempo, estuvo cautiva la más bella doncella que los hombres y mujeres de Castilla pudieron admirar. Flor de la caballería andante, de cabellos dorados como reflejos de rayos de sol sobre inhiesta espada; de carnes macizas y voz apacible, dulce y jovial.

            Ese palacio, hoy propiedad de don Juan de Maldonado, dueño de todas estas tierras que vuestra vista alcanza, y gobernador de varias ínsulas, fue en otro tiempo morada del más cruel, despiadado y sanguinario de los moros que, por los tiempos de que te hablo, poblaron esta zona, arrebatándoselo a sus legítimos dueños, los ascendientes del señor Don Juan.

Los antepasados de este noble señor, valientes todos ellos como ninguno, caballeros sin igual, decididos a rescatar a la bella y sin par princesa Bellanira, que así se llamaba la doncella, y que no tenía otra culpa que la de ser cristiana y la de estar dotada de hermosura sin igual, entablaron singular batalla con objeto de reconquistar el palacio y liberar a tan bella criatura de los brazos de sus captores. A fé que lo lograron, Sancho. Rescataron a Bellanira sana y salva, y dieron muerte a sus carceleros. Y al ilegítimo dueño por entonces del palacio, cuyo nombre ahora no recuerdo, ni tampoco ello es menester, cortáronle la cabeza, y exhibiéronla en lo más alto de la torre que veis, para ejemplo y escarmiento de cuantos osaren volver a hacer desafuero semejante.

            La cabeza del malvado, desapareció una noche de la torre, se cree que fue robada por un mago amigo suyo, y desde entonces anda errante por ahí, viendo el modo de seguir haciendo maldades y causando entuertos y desventuras a las gentes de bien.

            Bellanira casó con el hijo del marqués, que se prendó de su hermosura, y a la muerte de aquel, gobernaron el palacio, e hicieron grandes mercedes y favores a los moradores de este ilustre pueblo.

La historia de Bellanira es luenga y extensa, amigo Sancho, y la tarde se nos echa encima. Nos dirigiremos hacia el palacio, donde a buen seguro, el señor Don Juan, distinguido amigo mío, benefactor y favorecedor de los caballeros andantes, nos proporcionará lugar en su mesa y acomodo para el descanso.

            −Sí, mi señor, −repuso Sancho −que la tarde viene cayendo, y Castilla es fría por las noches, aún en este tiempo.

            —Bien dices, Sancho. Reanudemos la marcha, pues

            Apretaron ambos espuelas a sus cabalgaduras, y estas, ligeras por terminar la jornada, comenzaron a andar de nuevo por el camino que lleva hasta Guadramiro.

            No habían andado media docena de pasos, cuando don Quijote tiró de nuevo de las riendas de Rocinante. Junto a la Cruz, a su izquierda, hay una extensa pradera, con un potro o herradero donde marcan y ponen herraduras a los animales, y donde esa tarde, jugaban una veintena de muchachos que corrían tras un elemento u objeto redondo al que daban patadas unos y otros. Otros tantos, desde la orilla, animaban y jaleaban a los que corrían tras la pelota.

            −Aventura tenemos de nuevo, amigo Sancho. −Dijo don Quijote parando en seco su cabalgadura y apuntando con su lanza hacia donde los muchachos estaban. −Algo me decía que no terminaría la tarde sin que se hiciese presente la ocasión de mostrar el valor de un Caballero Andante, que no teme sino a Dios, y que por Dulcinea, y por Bellanira, de la que no hace mucho rato te referí la historia, está dispuesto a imponer justicia cuando la ocasión se presente.

            −No veo tal aventura, mi señor. −Repuso Sancho mirando perplejo hacia donde la lanza de su amo apuntaba.

            −¿Acaso no ves cómo esos mozalbetes, cada bando vestido de distinto color, pertenecientes por tanto a bandas rivales, se están disputando a patadas cuál de ellos se queda con la cabeza de ese malandrín del que no hace mucho rato te relaté su historia? Esas inocentes criaturas, están peleando por llevarse la cabeza del usurpador del palacio que tuvo cautiva a Bellanira, que desde que le fue cortada, y un mago la robó, anda perdida sin destino, y de vez en cuando aparece para seguir causando mal a los habitantes de este pueblo. Es preciso actuar y deshacer este entuerto, Sancho amigo, y darle su merecido a ese rufián, que no cesa de causar conflictos oprobios y afrentas, aún después de muchos años muerto.

            −Mire usted mi señor, que esos muchachos están jugando a un juego de niños, y que eso que vos llamáis la cabeza de un malandrín, no es más que la vejiga de un cerdo, que hinchan de aire con una paja, y la usan como objeto de juego.

            −¿Es que acaso no ves que es la cabeza de ese infame, y cómo desconocedores ellos del mal que les puede causar, se la disputan queriéndosela llevar consigo? Ayudaré a ese que viste de negro intentando poner paz entre los dos bandos y a que la ley se respete, no a golpe de silbato, como él hace, sino a golpe de lanza, si fuera preciso.

            −No, mi señor. Lo que tratan es de empujar la bola con el pié para llevarla hasta el terreno del bando contrario e introducirla por entre aquellos palos que tienen clavados en el suelo, como si fueran puertas…

            −¡Guarda silencio, Sancho! Es natural que un escudero como tú, poco puesto en asuntos de caballería, no sepa distinguir a simple vista la cabeza de un bellaco asesino, de lo que tu llamas un juguete de niños. Este es un entuerto que he de arreglar, so pena de que ese rufián, aún después de muerto muchos años ha, siga causando mal a esas y a otras criaturas inocentes.

            −¡Mire usted, mi señor que están jugando…! ¡Que es sólo un juego de mozos…! Y si lo que vuestra merced dice fuera cierto… pues quéjese de la muela aquel que le duela, que a nosotros ningún mal nos hizo…

            Picó espuelas Don Quijote a Rocinante, mientras Sancho intentaba una vez más convencer a su amo, mas éste no prestaba oídos a las razones de su escudero, que seguía pidiéndole que reconsiderara su intención.

            Llegado que hubo donde los muchachos estaban jugando, irrumpió entre el grupo, lanza en mano, derribando con las patas de Rocinante a alguno de ellos, que cayó lamentándose en el suelo.

            −¡Cesad en vuestra disputa, necias criaturas! Que no sabéis cuánto daño os puede hacer la cabeza de ese villano que os estáis disputando.

            −¿Qué cabeza dice vuesa merced? −replicó el que vestía de negro. −Mire que no es ninguna cabeza, que es una vejiga de cochino.

            −¿Quién eres tú, bribón, que así te atreves a hablarme? ¿Acaso ignoras quien soy?

            −Soy, señor, el mediador, el juez que dirige este juego, que eso es lo que es, y no una contienda como vuesa merced cree.

            −Si es así, como representante de la autoridad, decid a estos mozalbetes que cesen de inmediato en su disputa, que se lo ordena Don Quijote de la Mancha.

            Soltaron a reír todos ellos, mientras tanto Sancho, desde donde Don Quijote le había mandado esperar, se llevaba las manos a la cabeza e intentaba hacerse oír suplicando a su señor que volviera sobre sus pasos.

            Mientras el hidalgo caballero seguía intentando hacerse entender entre aquella algarabía, uno de los jóvenes, dio un puntapié a la dicha vejiga, que fue a pasar por delante de la cara de Don Quijote. Este, con sin igual prontitud y presteza, acertó a lancearla, perdiendo al momento el aire con el que había sido inflada, y quedando colgada como una piltrafa en la punta de su lanza.

            Al momento, la veintena de jóvenes, irritados y enojados por tal peripecia, se echaron sobre él profiriéndole injurias, insultos y agravios, y zarandeando a Rocinante de tal manera, que hicieron que, tanto él como su ilustre caballero, dieran con su cuerpo en tierra. No contentos con ello, se burlaron y le pisotearon hasta que consideraron que su osadía había sido bien pagada.

            Don Quijote, desde el suelo, clamaba al mayor de todos ellos, al que se había reconocido como enjuiciador de aquella batalla.

            −¡Mire usted, señor juez! ¡Mire vuestra merced, como enjuiciador y corregidor, que estos mozalbetes están burlándose, escarneciendo y desairando a un caballero andante. En nombre de la justicia que administra, mande prender a esos mozuelos, que se atreven a tratar de semejante manera a un caballero.

            Sancho, desde la orilla, presenciando  todo aquello, no cesaba de gritar:

            −¡Dejad ya a mi señor, que es Don Quijote de la Mancha! ¡Dejadlo y no le causéis más heridas…!

            Cuando consideraron que Don Quijote había pagado ya su osadía, marcharon todos ellos como perseguidos por el diablo en dirección al pueblo, desapareciendo por entre sus calles.

            Fue entonces cuando Sancho se atrevió a salir corriendo hasta donde estaba su amo, aún tendido en el suelo, doliéndose de sus heridas y magulladuras. Su yelmo y armadura, mostraban aún las huellas de las pisadas y vejaciones de sus maltratadores.

            −Ayúdame Sancho, a subir sobre Rocinante, que por la memoria de Bellanira, juro que he de dar su merecido a quienes de esta guisa me han humillado.

            −Dejazlos, mi señor, que huyeron como cobardes.

            −Como vencidos, Sancho, como vencidos. Mirad sino donde pende la cabeza del malvado como un despojo.

            Miró Sancho la vejiga, ya deshinchada, pendiente de la punta de la lanza, y no queriendo contrariar a su señor, le recomendó.

            −Miremos, señor, la manera mejor de pasar la noche en alguna posada, que vuestra merced necesita descansar después de tan largo camino y tan singular batalla.

            −Tienes razón, Sancho amigo. −Tomaremos el camino del palacio, donde el marqués, amigo mío, nos dará cobijo y acogida. Le presentaré la cabeza de su enemigo como prueba de mi victoria, y no dudes que seremos recompensados por esta grande gesta. Tal vez una de sus ínsulas, que a buen seguro nos dará en recompensa, pueda ser gobernada por ti, como te tengo prometido.

            Tomaron el camino que baja hasta el pueblo, en cuyo centro el palacio se asienta. A la llegada, ya se escuchaban los carcajeos y risotadas de los criados que reían las gracias y chocarrerías que alguien les contaba.

            −Mira, Sancho,  mira que ya nos esperan, a pesar de que no ha sido anunciada nuestra presencia.

            −Sancho frunció el ceño al reconocer entre ellos a alguno de los que momentos antes habían participado en la pelea. Temeroso de contradecir a su amo, optó por callar, pues al menos, si aquella noche dormían bajo techo, bien pagado sería el haber llegado hasta allí.

            Abriéronle las puertas de los corrales del palacio, y formaron sendas filas por entre las que hidalgo y escudero entraron hasta el patio de caballerizas entre falsas reverencias, burlas y mofas de los presentes.

            −Quiero presentarme ante el señor marqués. Dígasele que soy Don Quijote de la Mancha, caballero andante, amigo suyo, y que traigo la cabeza de su enemigo, el que mantuvo cautiva a Bellanira, y que vagaba por las inmediaciones de este pueblo, intentando causar males y desventuras de nuevo a sus habitantes, como ya las causó en otro tiempo. Dígasele que por fin ha sido vencido y recuperada su cabeza, y de ello traigo la prueba. Dígasele que el autor de esta gesta es Don Quijote de la Mancha.

            Vitorearon y aclamaron los presentes estas palabras, invitando a descabalgar al caballero sobre una manta que, a modo de alfombra, con la que recibe a gentes principales, tendieron a sus pies. Así lo hizo, pero tan pronto como puso el pie sobre dicha manta, le derribaron sobre ella, y entre todos, tomando la manta por los extremos, hacían que subiera tan alto, que se le veía por encima de las tapias, llegando a la altura de algunos árboles del cercano huerto, para volver a caer de nuevo y volver a subir una y otra vez, mientras gritaba:

            −¡Te lo dije, Sancho! ¡Ese malandrín ha encantado el palacio y a sus moradores…! ¡Los ha encantado, Sancho…! ¡Los ha encantado…!

            − ¡Ay, mi señor…! −se lamentaba entre tanto Sancho. −Ya se sabe… Quien a molinos va, enharinado sale….

 

           

           

 

 

 

FIN