HABLA DE GUADRAMIRO

 

A mediados del siglo pasado no era difícil encontrarnos con palabras o expresiones que los habitantes del pueblo empleaban en su vocabulario y que podían “chocar” a los visitantes. Para mí no es que los vecinos hablasen mal, fuesen incultos, sino que dichas

palabras pudieran ser reminiscencias del antiguo leonés o sus dialectos como consecuencia de las repoblaciones medievales. Expertos en la materia seguro que lo analizarán mejor. Lo que sí puedo afirmar es que por los años cincuenta-sesenta del pasado siglo yo era capaz de saber la localidad de los hablantes de los pueblos próximos nada más escucharlos, lo que quiere decir que cada pueblo tenía o mantenía su “deje”.

 

     No vea el lector un texto literario, sino una forma de encuadrar palabras heredadas de una época, que muchas de ellas se han perdido, y que forman parte de la cultura de Guadramiro. Y a mucha honra.

 

    Tampoco vea el lector al leer el texto que estas palabras eran de empleo constante, algunas prácticamente en desuso, pues el vocabulario de los guadramirenses era de un castellano actual y cuidado, debido sobre todo a los buenos maestros habidos y a unos padres preocupados por la educación y formación de sus hijos.

 

  

 

                             

 

 

    Sentados, unas en el poyo de la puerta de la casa, otras en tajos, varias vecinas chismorreaban  sobre temas o personas del pueblo. En esta ocasión no participaba Pepa Montes por encontrarse indispuesta ya que, según ella, le dolía la rienga.

 

    Aquel día le tocó al hijo de la Nati.

 

    Según cuchicheaban, el tal sujeto era un tipo poco aparente, poco amigo de dir a los recaos, siempre espotricando, pues no se le conocía ningún andancio que se lo impidiese; un poco babieca, elevao, gandumba, mameluco, lagumán, gaita, zoquete, taranbaina, gualdrapa,......, todo menos cuco y en cuanto a la vestimenta un adefesio. Jamás se quitaba las albarcas.

 

    Atrochando camino a la desa, sacaba su atajo de ovejas, si bien éstas eran una birria y con algún carnero esmochado, no sin antes haber trancado el pajar donde de noche las recogía, aunque en verano su destino era el aprisco o corraliza en alguna tierra próxima. No se olvidaba, antes de salir, de coger una fiambrera donde metía su condumio que consistía en un cacho de pan, otro de queso, y un trozo de chorizo procedente de la matanza de los cebones engordados en las cuadras del corral, metido todo ello en un fardel y que con su cheira y chisquero colocaba en unas alforjas. Llegada la hora de comer procuraba dar cuenta de sus viandas junto a un chozo o arrimadero si barruntaba un airón serrano o lluvia caladera y haciéndose una fogata con escobas o bolagas. Si tenía sede bebía agua de cualquier regato o caozo. Nada le cundía, pues todo lo arrebañaba. Terminaba comiendo unos chochos o unas almendras que previamente había escachado. Si arreciaba el frío, se cubría con un berrendo  (made in Lumbrales) por cima de la cabeza, procurando que el atajo estuviese a su alredor. No le gustaba la caraba con otros pastores. Si el tiempo era bueno se entretenía cogiendo bogallas, o cazando bastardos, cogujadas o pardales. Alguna vez, anque raramente, se entretenía en hacer cisco para el invierno.

 

    A eso del escurecer el mozo se dirigía panca de sus padres, pues le iba bien el cenar unos frejones que sacaba de un caldero colgado de las llares de la chimenea, sentado en un escaño de la cocina al calor de la lumbre, y acompañado de algunos productos del güerto familiar y unos güevos fritos cogidos en algún nial del corral, antes que las pegas se los ventilasen. Y por bebida agua del Pozo de Abajo o un clarete de Las Arribes vaciado unas veces de una damajuana, otras de un pellejo. Le gustaba apiporrarse aun a riesgo de añusgarse y no le gustaba convidar a naide. Acababa la cena con un tazón o cuenco de leche migada con mendrugos, cocida en un puchero y que previamente había cogido bien de una colodra o bien de un cántaro. Algún coscurro iba para el perro. Se entretenía moviendo el borrajo con un badil.

 

    A veces llevaba el atajo a una cortina o prao próximos donde el pasto le cundía más, y aprovechaba para el esquileo o preparar alguna gatera en la paré de la linde. En los días de lluvia el zagal se dedicaba a rachar la leña que  en su día trajon de un teso o lombo cercanos.

 

    Si bien parecía alelao, el rapaz no estaba enclenque y era de poco falar y tan modorro o penco que no le importaba pisar las moñicas, chapotear el agua, tomar chupamieles, incluso adrede, y recoger todos los chumazos y achiperres que iban a parar  al sobrao de la casa.  

 

Julio Holgado Moro