Serano

 

Antiguamente en los pueblos de León, Asturias, Extremadura y Galicia, algunos vecinos se reunían al calor del fuego para, mientras las mujeres hilaban o hacían calceta y los hombres hacían galochas u otros instrumentos, contar historias y leyendas de la zona. Esa costumbre que en otras zonas se llamaba Filandón en la nuestra tenía el nombre de SERANO.

 La celebración de estas reuniones era consecuente con los modos de vida, que forzaban la comunicación entre los vecinos, como ocurría con las celebradas "hilas", con gran poder de convocatoria ya que, en principio, se reunían las mozas para hacer en común esta ancestral labor, ya desaparecida, que consistía, según su nombre indica, en hilar, que es reducir a hilo, como en este caso, la lana y el lino, que ambos fueron productos característicos de nuestra tierra. La "hila" es, pues, "acción de hilar", según la Real Academia: "tertulia que en las noches de invierno tenía la gente aldeana en alguna cocina grande, al amor de la lumbre, y durante la cual solían hilar las mujeres". Dice muy bien la Real Academia con su observación, "en alguna cocina grande", pues no todas servían para estos eventos ya que a la reunión acudían, además de las mozas, "las mujeres hacendosas, las decidoras, los viejos achacosos y los mozos aspirantes a alguna moza de buen ver".

Estas, pues, eran las veladas más atractivas para los mozos, pues, tuvieras o no "ojeada" a alguna moza, sí tenían la oportunidad de pasar un buen rato, contemplando el giro de las ruecas y el atractivo de las hilanderas. Al fin y al cabo, esta actividad no era más que un complemento, entre otros muchos, de las reuniones en tertulia, como lo era también para los hombres, pintar albarcas a punta de navaja o entarugarlas, preparar palos pintos y hasta aperos de labranza. De todo lo que era habitual en el quehacer diario, refiriéndonos a la obra artesana de los hombres y a las labores caseras de las mujeres, se hacía en las cocinas de las casas, que estaban dispuestas para ello y contaban con la querencia de la mayoría. Algunos costumbristas hablan de turnos establecidos entre quienes no tuvieran inconveniente en acoger en su casa a cuanta gente de buena fe quisiera ir, aunque también existieron vetos para algún indeseable. En algunos pueblos, con fuerte influencia patriarcal, hábilmente impuesta por los señores de turno, las tertulias se celebraban en las cocinas de las casonas correspondientes y el amo, satisfecho, sabía que contaba con la adhesión de todo el pueblo.