Las bodas de antaño (Los pregones, la boda y la tornaboda)

 
 

LOS PREGONES

 

De las bodas de antaño, podemos describir múltiples anécdotas. Pero aquí voy a narrar lo más significativo que recuerdo.

Hace unos años, las bodas comenzaban con las tres amonestaciones, que durante tres domingos seguidos nuestro antiguo párroco, Don Iñigo, hacía públicas al final de cada misa, por si alguien conocía algún motivo que pudiese impedir el sacramento del matrimonio.

Más tarde, esto se cambió por una nota en papel, pegada en el exterior de la puerta de la Iglesia, que asimismo se mantenía durante tres domingos seguidos.

El primer pregón siempre causaba impacto entre los vecinos, con su correspondiente comentario como noticia nueva. Así, una vez cumplidas las tres amonestaciones sin ningún impedimento, se pasaba a la organización de la boda.

 

 

LA BODA

 

Unos días antes de la boda, ya estaba la guisandera en el pueblo. El jueves se mataba la ternera que aportaba el padre de la novia, o el del novio, incluso algunas veces los dos. En el despiece participaban hombres y mujeres mayormente de las dos familias, se seleccionaba todo para hacer morcilla fresca, carne guisada, carne rellena, el típico redondo de ternera, etc. Todo eran preparativos en los que cada cual se implicaba, los hombres en el despiece y las mujeres unas en la cocina con la guisandera y otras a fregar.

 

Por otra parte, otras mujeres estaban dedicadas en sus casas a hacer floretas, rosquillas, obleas y perrunillas, aunque el dulcero de Yecla siempre estaba a punto cuando había acontecimientos en los pueblos cercanos. También se habían endulzado los chochos que formaban parte del convite. Todo un trabajo de elaboración gastronómica tan apetitoso que no dejaba nada que desear. La señora Pura y el señor Quico “zapatero” cedían su salón de baile como comedor para las bodas, e incluso se utilizaba su cocina frecuentemente, cosa que anteriormente se hacía repartiéndose entre las casas de unos y otros.

Todos, convidados y vecinos, se hacían partícipes del festejo, colaborando a su manera, aportando mesas, sillas, mantelerías y servilletas, platos hondos y vados, fuentes,  cubiertos, jarras, vasos, bandejas, cestillos, tazas de café, etc. Todo lo que se necesitaba para montar  un banquete lo más completo y correcto posible.

 

Dado que cada cual ponía lo que tenía, ni todos los manteles eran iguales, ni los platos, ni nada de las demás cosas que componían las mesas. El vino, a menudo se vertía porque los tableros de las mesas no eran igual de gruesos, y levantaban unos más que otros, pero ¿Qué más daba? Aún existe en casa de mis padres una mesa larga de formica con sus correspondientes banquetas, para doce comensales, que fue utilizada en algunas bodas como mesa nupcial. Recuerdo que sobre ella comieron el día de su boda Cleofé y Victor con sus padres y padrinos.

 

Volviendo a lo previo a la boda, antes de celebrarse ésta, todo estaba puesto a punto. De esta manera, el día del enlace los invitados por parte de la novia iban a casa de los padres de ésta, para acompañarla hacia la iglesia. Dentro de casa estaban acabando de vestirla su madre, hermanas y algunas de sus amigas. Ya vestida de novia, sola en su habitación, antes de salir de casa, el padre daba la bendición a su hija, le dedicaba unas palabras de consejo (en las cuales le instaba a ser buena esposa dentro de los deberes que conllevaba la vida matrimonial, y buena madre en adelante cuando llegasen los hijos), rogaba a Dios que la protegiera junto a su esposo en el camino que iban a emprender juntos, y le daba gracias por concederle el ver casar a su hija. Aún recuerdo la extraordinaria bendición llena de sentimiento de mi tío abuelo José García a su hija Consolación, como él la llamaba (más conocida por los vecinos como Consola). Y como  ella la aceptó con lágrimas en los ojos cargadas de cariño.

 

En cuanto a los invitados por parte del novio, también iban a casa de éste a recogerlo, para acompañarlo a casa de la novia y todos juntos tomar el camino de la iglesia al son del tamboril (que más tarde derivó en otros tipos de música). Primeramente en el cortejo, la novia y su padrino (que generalmente era su padre o el padrino de pila), detrás el novio y su madrina (que también solía ser su madre o la madrina de pila), y seguidamente todos los invitados. De camino hacia la iglesia, la gente estaba a las puertas para verlos pasar y ver qué guapa iba la novia. El lugar más frecuente para apostarse era en las cercanías de la iglesia para verlos entrar, y se solía esperar para verlos a la salida, ya convertidos en marido y mujer, recibiendo abrazos y enhorabuenas de una y otra parte.

 

Seguidamente de la ceremonia, todos los invitados iban al convite que ofrecían en su casa los padres de la novia. Repartidos unos dentro y otros a la puerta, se servían chochos, obleas, rosquillas fritas, perrunillas, mantecadas, floretas, y se pasaba la jarra de vino en diferentes rondas. Los padres del novio por su parte hacían lo mismo en su casa, y del mismo modo la madrina y el padrino en cada una de sus casas. Eran estos los cuatro convites típicos tradicionales, todos ellos abundantes de vino y con no menos de cuatro clases de dulces. El tamborilero, aparte de amenizar la celebración, formaba parte del conjunto de invitados. Al acabar los convites, la gente solía ir a su casa a cambiarse de ropa y calzado, para ponerse más cómodos para ir la comida. Llegados los novios al banquete, se le cantaba el presente (mi madre me contó que mi abuela Consuelo cantaba presentes en las bodas), y durante la comida se decían vivas a los novios, a los padrinos, a los padres de los novios, incluso se cantaban algunas coplas, siendo la comida abundante y bulliciosa.

 

Después del gran banquete, se iba a la plaza con los regalos, a bailar el respigo y festejar la boda. Al baile todo el pueblo se daba por invitado, los más mayores salían de casa con sus correspondientes sillas (que colocaban alrededor del baile), otros se quedaban en pie, otros salían a bailar, y los más pequeños se divertían corriendo por medio del baile. Eso sí, al ser el suelo de la plaza de tierra, la polvareda que se levanta llegaba a todos, incluso al señor Andrés Calles, que fue el tamborilero testigo de tantas y tantas bodas, tocando como el que mejor charradas, La Clara, La Montaraza, y el popular y extraordinario Baile de la Rosca, que tantas veces vimos bailar al señor José Manuel Torres con la señora Jesusa Martín, el uno con castañuelas y la otra con mantón de Manila.

 

Con el fin de lucir el respigo, se sacaban los regalos de sus cajas y paquetes, y se colocaban a hombros de la novia, que tenía que bailar con ellos. Normalmente algún amigo de los novios o pariente era el que pregonaba los regalos: “esta colcha por su madre”, “este cubertón por su suegra”, “esta manta por la madrina”, “esta vajilla por sus hermanas”, “este juego de cama por su tía”, “esta mantelería y este juego de toallas por sus cuñadas”, “este juego de café por sus amigas”, “esta cafetera por su vecina”, “esta jarra por su otra vecina” “y la extraordinaria colcha de ganchillo por su abuela”. En fin, había muchos regalos que componían un estupendo ajuar para los recién casados. También el novio bailaba con algunos de ellos sobre el hombro. Los amigos cercanos a los novios, en plan picarón, le sacaban unos patucos, un babero y un chupete, como regalo de chufla.

 

Una vez bailado el respigo, el baile continuaba hasta la hora de la cena. Luego el baile seguiría, y los mozos vigilaban a los novios para ver a qué casa iban a ir a dormir, con el fin de darle la tabarra y no dejarles pasar juntos su noche de bodas. Los novios por su parte, y a sabiendas de esto, abandonaban el baile por separado. Mientras unos y otros enrollaban a los amigos del novio para despistarlos, el novio se iba. Luego había que intentar distraer a los que vigilaban a la novia. No era fácil pero entre el bullicio del baile y la emoción reinante se solía conseguir, y cuando se daban cuenta la novia ya no estaba.

 

En la casa donde iban a dormir los novios, ya estaba el dormitorio engalanado para la ocasión. Por su parte, los mozos iban a tocar el picaporte a las casas donde sospechaban que podían estar. Normalmente no les abrían, pero insistiendo algunas veces conseguían entrar, y algunos novios se escondían debajo de la cama. Toda una chirigota montada con mucho sentido del humor, que en aquellos tiempos era transigida y bien vista por todos, y que a día de hoy aunque ya no perdura, seguramente no permitiríamos. Así concluía el día grande de la boda.

 

 

LA TORNABODA

 

Al día siguiente de la boda se celebraba la tornaboda. Aún había comida en abundancia y ánimo de fiesta. Entre los forasteros, algunos marchaban, mientras que el resto, junto con los demás, aunque ya no tan trajeados, comenzaban la mañana desayunando chocolatada, incluso algún aperitivo (morcilla fresca) al igual que el día anterior, y seguían de celebración durante la comida y hasta terminar la cena. Un día más en armonía.

Los días siguientes a la tornaboda eran de reparto de mesas, sillas, manteles, jarras, vasos, fuentes, platos, bandejas, cestillos del convite,… En fin, todo lo que cada cual había prestado iban pasando a recogerlo y llevarlo cada uno a sus casas, menos lo que circunstancialmente se había roto y que nadie se lo tomaba en cuenta.

También esos días posteriores a la boda, ésta era el principal tema de conversación en lugares de confluencia: las charlas a la puerta con las vecinas, la fuente cuando se iba a por agua, o las pozas cuando se iba a lavar la ropa.

 

Esto es lo que en síntesis recuerdo de las bodas de antaño, de matrimonios perdurables hasta la muerte que engendraron a unas generaciones posteriores que en buena parte ya no pueden hacer gala de esto.

 

María del Carmen Fuentes Sendín